En un café
pasábamos las horas,
la gente nos observaba
y tímidos
ni con ellos
ni entre nosotros
cruzábamos miradas.
Veíamos las hojas
en el suelo posarse,
frágiles, delicadas,
como nuestras almas.
Pobre de mí,
mi corazón inquieto
¡como palpitaba!
en ese momento
todo se balanceaba:
los transeúntes,
mis manos,
tú y yo...
Ni siquiera ahora
me atrevo a hablar,
mis labios trémulos,
tus ojos claros,
cuando las palabras no dicen nada...