No blandiré una espada. Entre los páramos
no sonará mi grito, ni mi sangre
salpicará en el suelo con violencia.
Ya no seré valiente entre las filas
de los guerreros prestos al combate,
no tomaré las torres enemigas
ni podré descansar tras la batalla,
con el sudor perlado y el cansancio
que satisface al alma y la alimenta.
Sólo caminaré, sin rumbo fijo,
perdido en los relojes, esperando.
Pero tú llegarás. Y no querré
la sangre ni el escudo ni los sables.
Me quedaré, mirándote mirar,
con el silencio largo, con las noches,
y un eco de trincheras que se pierde.
Encontrado por fin, no importa dónde,
llamando a cualquier sitio nuestra casa.
Anónimo
no sonará mi grito, ni mi sangre
salpicará en el suelo con violencia.
Ya no seré valiente entre las filas
de los guerreros prestos al combate,
no tomaré las torres enemigas
ni podré descansar tras la batalla,
con el sudor perlado y el cansancio
que satisface al alma y la alimenta.
Sólo caminaré, sin rumbo fijo,
perdido en los relojes, esperando.
Pero tú llegarás. Y no querré
la sangre ni el escudo ni los sables.
Me quedaré, mirándote mirar,
con el silencio largo, con las noches,
y un eco de trincheras que se pierde.
Encontrado por fin, no importa dónde,
llamando a cualquier sitio nuestra casa.
Anónimo